Hoy, amigos lectores de nuestro blog, vamos a tratar un tema un tanto… cómo diría yo… oscuro, truculento y atroz: el “garrote”. Y lo entrecomillamos para no confundir con el garrote de más de andar por casa, el que llevaba mi abuelo para poder apoyarse y caminar con cierta soltura. En nuestra visita Madrid Oscuro… ¡casi negro! hacemos un breve repaso de este tema y de otros muchos del Madrid más sombrío y lóbrego.
Pero vamos a dejar la semántica y la visitas, y nos centramos en este elemento diseñado para el más fatal de los finales. El garrote, también conocido como “garrote vil” fue un instrumento utilizado por distintas sociedades para ejecutar a los condenados a muerte. Esta máquina macabra de matar, que consistía en un método mecánico para oprimir hasta el final el cuello del reo, remite a tiempos lejanos. De hecho, fue utilizada en la Antigua Roma, durante la Inquisición española y también por la España de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, aunque parezca difícil de creer, el “garrote”, junto con la pena capital, fue eliminado hace tan solo unas décadas del Código Penal español, el 25 de junio de 1983. Hasta entonces, en la letra de la ley, esa herramienta letal permanecía vigente.
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Evolución
Como toda máquina, su diseño fue evolucionando a lo largo de los tiempos y su funcionamiento era a través de un método muy sencillo, que consistía en apretar el cuello del penado con un anillo metálico contra un madero. El metal se iba ajustando mediante una manivela que, a modo de torniquete, aumentaba la presión sobre el condenado a la vez que se giraba. De este modo, la vida del “agarrotado” terminaba por asfixia o bien por la rotura de sus vértebras cervicales. El método, si se realizaba con pericia, resultaba rápido y eficaz y evitaba el derramamiento de sangre que podrían provocar otros instrumentos para aplicar la pena capital, como la horca o la guillotina. Por ello, esta herramienta se presentaba, insólitamente, como más compasiva y amable con el reo que las demás. Sí, imagino lo que estáis pensando, creo que todos pensamos básicamente lo mismo, pero vamos a seguir con la historia del garrote
Los orígenes del garrote
Las primeras noticias sobre el garrote de las que se tienen registros en la historia corresponden a la antigua Roma. El imperio de la Ciudad Eterna nos proporcionó maravillas para la civilización y otras, no tanto. En aquella época, se trataba apenas de una soga que pasaba por un poste. De un lado del madero se ponía el cuello del infortunado convicto y del otro, el pedazo de madera que funcionaba como torniquete cuando el verdugo lo hacía girar. Mediante este precario método, denominado en la época “laqueus” fue ejecutado, en el año 63 A.C., el político Publius Cornelius Lentulus, quien fue acusado de haber conspirado contra la República. Resultó el primero en caer bajo ese método del que se tenga registro. Entonces, el ejecutado permanecía en pie. Algo diferente a lo que ocurriría tiempo después, cuando el reo tendría un pequeño trozo de madera para sentarse en la misma estructura del garrote.
Edad Media
Si avanzamos unos cuantos siglos, en la Edad Media, este instrumento continuó utilizándose. Fue en ese período en el que al garrote comenzó a sumársele el adjetivo “vil”. Esto, porque se trataba de una herramienta de castigo utilizada para los “villanos”, es decir, habitantes de la villa, o plebeyos, en contraposición a los integrantes de la nobleza. Estos últimos, los de alta cuna, cuando eran condenados a muerte, pasaban al otro lado mediante la decapitación, con espada o hacha. Sin embargo, la pena capital mediante el corte de cabeza a aristócratas tuvo una excepción cuando el rey Alfonso X de Castilla, llamado “el Sabio”, en el siglo XIII, ordenó ejecutar “por ahogamiento” a su hermano, el infante Don Fadrique, que no pudo escapar al garrote. Era el año 1277 y la condena fue por “conducta indecorosa”.
Edad Moderna
Entramos de lleno en la Edad Moderna, donde el garrote fue una de las herramientas utilizada para el tormento y la muerte de las víctimas de la Inquisición española. Pero los métodos para desestimar la vida de una persona eran diversos, como el “saetazo” en el pecho, el ahorcamiento y, por supuesto, la hoguera. Los Reyes Católicos mantuvieron el garrote como una de las formas de llevar adelante la pena capital en el Reino de España. Poco tiempo más adelante, esta máquina letal llegaría a las colonias americanas. Bajo este sistema murió, por ejemplo, el líder inca Atahualpa, en la ciudad de Cajamarca, actual Perú, el 26 de julio de 1533. En rigor, el soberano indígena había sido condenado a morir en la hoguera, pero pidió sucumbir bajo otro método, ya que el fuego, según su creencia, podría acabar con su alma e imposibilitarle su llegada al más allá.

Bajo este sistema murió, por ejemplo, el líder inca Atahualpa, en la ciudad de Cajamarca, actual Perú, el 26 de julio de 1533.
España oficializa el garrote
Hemos de considerar, y ya en la Edad Contemporánea, que en el siglo XIX las opciones para morir en el patíbulo eran distintas en los principales países. Mientras que Francia decapitaba a los condenados mediante la guillotina, Inglaterra prefería el ahorcamiento por caída larga (el recluso, con una soga atada al cuello, se precipitaba al vacío mediante una compuerta en el tablado), en España se utilizaba tanto la horca como el garrote. Sin embargo, y durante la ocupación de nuestro país por las tropas francesas de Napoleón, cambia en el en el año 1809. Entonces, el invasor francés convertido en rey español, José Bonaparte, también llamado José I, o, popularmente, Pepe Botella (a pesar de ser abstemio), decretó que el único método de ajusticiamiento en el país ibérico debía ser el garrote. El monarca galo consideraba que la muerte en él -rápida, con el ajusticiado sentado y sin derramamiento de sangre- era menos cruenta que con otros métodos. Curiosa reflexión sobre todo si estás sentado en la fatídica silla.

Fernando VII “el Deseado” o “el rey Felón”
Como imagináis, dependiendo de quién, se le llamaba de un modo u otro. Pero este apartado de la historia lo dejamos para otra de nuestras entradas del blog. Algunos años después, en 1823, y con el retorno de Fernando VII al trono de España y la restauración borbónica, el nuevo monarca propuso el regreso de la horca para los criminales de la clase alta y mantener el garrote para la plebe. Pero por presión popular, en 1828 se reimplantó el garrote como única pena capital y se dejó de lado, para siempre, la horca.

¿Solo garrote vil?
Pero, amigos de MAD Experiencias, os vamos a contar algo que no es muy conocido por la mayoría. Este señor, y su absolutismo desaforado, no podía permitir que todos muriesen igual, por muy miserable que fuera la acción del ajusticiado y su clase social. En aquel tiempo se distinguieron tres diferentes métodos para ejecutar con este mismo instrumento: el “garrote noble”, el “garrote ordinario” y el “garrote vil”. El primero, destinado a la aristocracia, comprendía la llegada del reo al cadalso a caballo; el segundo, para la plebe, se transportaba al reo en mula; y el tercero, para delitos infamantes (sin importar la clase social) estipulaba que el condenado arribaba al garrote en burro. A partir del código penal de 1848, estas categorías quedaron perimidas y solo se hablaba de garrote, a secas.
Tipos de garrote: de alcachofa y de corredera
Durante muchos años, en España se utilizó el que era conocido como “garrote de alcachofa”, un sistema que consistía en una manivela que, al girar, apretaba el cuello del condenado con un anillo de metal contra un poste al que se iba aproximando cada vez más, hasta culminar asfixiado. El.
A partir de 1880, en varias regiones de España se utilizó un elemento un poco más sofisticado, aunque con el mismo sistema. Se trató del “garrote de corredera”, que era más eficaz que el anterior y permitía, entre otras cosas, regular el aparato ejecutor a la altura del gaznate del condenado. Aquí el cuello del penado se ponía en una especie de corbata de moño de hierro, que contaba con un pincho en la parte trasera. Cuando la manivela apretaba el dispositivo, el sentenciado sufría, a la vez, la compresión de su garganta y la rotura de la base de su cráneo y vértebras cervicales, lo que provocaba su muerte con celeridad.
Ya en los inicios de la década de los 30 del siglo XX, los códigos españoles estaban virando hacia la posible abolición de la pena de muerte. Pero llegó la Guerra Civil, la derrota de los republicanos y el arribo de Francisco Franco al poder, con lo que nuevamente volvió a practicarse la pena de muerte, ejecutada mediante fusilamientos y, otra vez, con el uso del garrote, que se legalizó en el Código Penal del franquismo del año 1944. Allí, en el artículo 83, se establecía que la pena capital se realizaría como estuviera estipulado en los reglamentos correspondientes. Esto incluía el garrote.

El nombre de “alcachofa” tiene que ver con que esa era la forma que tenía el tornillo de este dispositivo que se ajustaba contra el madero para hacer presión mientras la manija giraba
Los últimos agarrotados
“A mí me pueden venir sueltos o esposados, con la cara cubierta o descubierta, me da igual. La cosa es rápida haciéndolo bien. Se sientan, les pongo el asunto y ya no se mueven”, decía, en 1954, Vicente López Copete, verdugo de audiencias de Barcelona, al referirse a su empleo y al instrumento para llevarlo a cabo, según registra el libro Garrote Vil, de Eladio Romero García. Este tristemente famoso ejecutor ultimó, girando la manivela del garrote, a unos 14 condenados, pero sus problemas con la ley lo dejaron fuera de su oficio en 1973, justo un año antes de que este instrumento ajusticiara a sus últimas dos víctimas.
Es así que en la misma jornada del 2 de marzo de 1974 el garrote se llevó sus últimas dos vidas en España. Se trataba de Georg Michael Welzel, un vagabundo de origen alemán que asesinó a un guardia civil y Salvador Puig Antich, anarquista condenado a muerte por el crimen de un policía. Ellos fueron, con poco tiempo de diferencia, uno en Tarragona y el otro en Barcelona, los dos postreros agarrotados en la historia de España.

La dictadura de Franco cayó tras su muerte, el 20 de noviembre de 1975, y buena parte de la legislación española comenzó a modificarse. De este modo, en la Constitución de 1978 se estableció la abolición de la pena de muerte. Como consecuencia de ello, el 25 de junio de 1983, con la ley de Reforma urgente y parcial del Código Penal español la pena capital se eliminó también del texto de ese libro de normas jurídicas. Con esta medida, junto a la pena capital, el garrote quedó eliminado de la estructura judicial de España. Siglos después de ser protagonista de cientos de muertes y tormentos a lo largo de la historia, el macabro instrumento pasó a formar parte de la crónica negra de nuestro país.
Os recomendamos un clásico del cine de la llamada Nueva Ola Española: El Verdugo. Dirigida por el inigualable Luis García Berlanga, en ella se hace uso del humor oscuro, alegorías y metáforas para burlar la censura del régimen franquista de la época. Como curiosidad sobre el film, comentaros que el papel de José Luis (Nino Manfredi), estaba destinado a José Luis López Vázquez pero al tratarse de una coproducción hispano-italiana, los transalpinos impusieron al actor italiano.

Y es que, amigos de MAD Experiencias, todo pueblo, toda ciudad y todo país tiene una historia truculenta que contar y para eso estamos nosotros, para hacérosla llegar en nuestros tours. Si queréis conocer más sobre las zonas oscuras de los madrileños y su historia, os esperamos en Madrid Oscuro… ¡casi negro!.