El origen del recelo al viernes 13

Hoy es lunes 9 de noviembre de 2020, fecha marcada en el calendario de los madrileños dado que es el día en el que se celebra la Virgen de la Almudena, patrona de nuestra ciudad. Pero vamos a adelantarnos cuatro días en el tiempo para llegar al viernes. Si hacéis las cuentas, os percataréis de que no es un  viernes cualquiera, es un viernes 13.

A pesar de que en España el día declarado popularmente para la mala suerte es y será el martes 13, la globalización y las influencias de otros países y de sus culturas hacen que también hayamos adoptado, en alguna medida, el viernes 13 como día de funestas consecuencias.

Como ya nos consta, el viernes y el 13 se encuentran indefectiblemente ligados a ideas y conceptos que no son, precisamente, de lo más positivo. Sin embargo todo tiene una explicación y más cercana a nosotros y a nuestra tradición cultural de lo que pueda parecer.

El número 13 y el viernes

La fobia que profesamos en occidente al número 13 está fuertemente arraigada entre nosotros. Hemos de considerar que 13 eran los asistentes a la Última Cena  (doce apóstoles y Jesús), con la necesaria presencia de Judas para que se cumpliera la profecía. Si nos centramos en el Apocalipsis, no podía ser otro capítulo más que el trece en el que se tratara al anticristo y a la bestia. También en la Cábala judaica se describen los 13 espíritus malignos; sin dejar pasar por alto las tradiciones y leyendas nórdicas, donde el dios de las travesuras y del engaño, Loki, aparece como el invitado número 13.

En cuanto al viernes, no podemos olvidar que fue ese día en el que de acuerdo a la tradición cristiana, Jesús de Nazaret sufrió los rigores romanos y la traición del Sanedrín, siendo crucificado. También, y según los estudiosos del Antiguo Testamento, Adán fue tentado por Eva y la manzana el quinto día de la semana, mismo día en el que Caín asesinó a su hermano Abel. Es necesario señalar que los siete días de la semana se basan en función de la duración del ciclo lunar, lapso de tiempo en el que Dios creó los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos,  según las religiones judeo-cristianas y musulmanas.

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Adán fue tentado por Eva y la manzana el quinto día de la semana, mismo día en el que Caín asesinó a su hermano Abel

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Si a todo lo que os hemos contado sobre el viernes añadimos una variable más, la ecuación que se completa da el resultado que buscamos. Realizando una estadística de cuántas veces coincide a lo largo de un año un viernes y el fatídico número, podremos observar que varía entre 1 y 3, en definitiva un 13. Además, el viernes es el día de la semana que más veces ha coincidido en día 13 a lo largo de la historia. Según el calendario gregoriano, cada 4.800 meses el día 13 ha caído 688 veces en viernes, frente a 685 en lunes o martes, por ejemplo. Desde luego no podemos negar que toda la numerología y tradiciones nos empujan a que esta coincidencia del calendario sea calificada como la fecha de la mala suerte.

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El viernes 13 y los Templarios

Sin embargo, y si nuestra intención es apoyarnos y dar explicación en la historia de por qué el viernes y 13 es una fecha a considerar, hemos de trasladarnos hasta la Francia del siglo XIV, más concretamente al 1307. Sería en la madrugada del viernes 13 de octubre de ese año, cuando el rey francés Felipe IV iniciara la brutal y arbitraria persecución contra  Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón (en latín: Pauperes Commilitones Christi Templique Salomonici), más conocidos como los Caballeros Templarios.

Felipe IV, en franca deuda económica y moral con los templarios, indujo al Papa Clemente V para que iniciara iniciase un proceso contra los caballeros de la Orden, basando sus acusaciones en sacrilegio a la cruz, herejía, sodomía y adoración a ídolos paganos (Baphomet) a través de la práctica de ritos heréticos. La historia nos demuestra que todas estas denuncias eran absolutamente falsas y que el objetivo del infame rey, junto al papado y a los dominicos, no era otro que el de acabar con la Orden y su poder, además de hacerse de modo inmediato e ilegítimo con su extenso patrimonio.

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Las calumnias se convierten en acusaciones

En un principio el papa Clemente V no vio con buenos ojos la guerra que Felipe IV quería desencadenar contra los templarios, dado que el pontífice tenía necesidad de los templarios para materializar su próxima Cruzada en Tierra Santa. Sin embargo, la negativa del último gran maestre, Jacques de Molay al proyecto Rex Bellator –impulsado por la Corona de Aragón para fusionar todas las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo– predispuso al Papa en contra de la Orden.

En la labor de apoyo templario a la causa cristiana, Jacques de Molay llegaría a Francia con el fin de reclutar tropas y abastecerse de vituallas. Ya en tierras galas, el Gran Maestre tuvo oportunidad de escuchar las calumnias que el monarca francés contra su Orden, propagadas por un oscuro personaje de la época Esquieu de Floyran, un espía al que Jaime II de Aragón había expulsado de su corte por verter falsedades contra los templarios pero que fue recibido con los brazos abiertos por el rey francés, deseoso de provocar su caída a cualquier precio.

Jacques de Molay llegaría a Francia con el fin de reclutar tropas y abastecerse de vituallas. Ya en tierras galas, el Gran Maestre tuvo oportunidad de escuchar las calumnias

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Llegado este punto, el ofendido Jacques de Molay acudirá ante el Papa solicitando explicaciones a través de un examen formal de las mentiras y calumnias que circulaban por Francia y que ya habían trascendido incluso sus fronteras.  Accedió Clemente V a sus deseos y así se lo comunicó al Monarca francés por carta del 24 de agosto de 1307. Sin embargo Felipe IV, que años atrás había querido ser templario sin éxito, continuó con su pérfido y perverso plan despachando correos a todos los lugares de su reino con órdenes estrictas de que nadie los abriera hasta la noche previa a la operación: el jueves, 12 de octubre de 1307. Los pliegos ordenaban la captura de todos los templarios y la requisa de sus bienes.

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Apresamiento

Y sería precisamente un jueves 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, cuando el maestre Molay y su séquito fueran arrestados y encarcelados. Ya en la  madrugada del viernes 13, la mayoría de los templarios franceses fueron apresados y sus bienes confiscados bajo pretexto de la Inquisición. La resistencia militar fue mínima a causa de la avanzada edad de los guerreros que permanecían en Francia. Los jóvenes se encontraban preparando la inminente cruzada en la base de Chipre.

El rey quiso apaciguar el escándalo publicando un manifiesto donde involucraba al Papa en la decisión. Ya en los oídos de Clemente V semejante injusticia, reprendió al Monarca y envió dos cardenales, Berenguer de Frédol y Esteban de Suisy, para reclamar las personas y bienes de los encausados. Una vez pactadas con el Papa las condiciones del proceso, Felipe IV consiguió la facultad de juzgar a los miembros franceses de la Orden del Temple y administrar la mayoría de sus bienes.

Como podéis imaginar, el proceso fue absolutamente irregular a favor de las pretensiones del monarca francés. Prueba fehaciente de ello es que los templarios habían de ser juzgados con respecto al Derecho Canónico y no por la justicia ordinaria de Francia.

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La condena

La tortura fue la gran herramienta que emplearon contra los detenidos y encausados, y a través de la cual consiguieron las declaraciones que buscaban. Incluso el Gran Maestre De Molay confesó ante las falsas acusaciones. Sin embargo la mayoría de ellas fueron revocadas por los acusados posteriormente. Mientras el Papa tomaba una decisión definitiva sobre la Orden y el futuro del Gran Maestre y el resto de cargos superiores, un goteo de templarios fue pasando por la hoguera en medio de un sinfín de irregularidades y el recelo del pueblo llano. En 1314, Jacobo de Molay, Godofredo de Charney, maestre en Normandía, Hugo de Peraud, visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, maestre de Aquitania, fueron condenados a cadena perpetua, gracias a la interferencia del Papa y de importantes nobles europeos. No en vano, encima de un patíbulo alzado delante de Notre-Dame, donde se les comunicó la pena, los máximos representantes de la orden renegaron de sus confesiones: « ¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!». El desafío de los líderes templarios, rompiendo lo pactado, les condenó a muerte.

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La profecía

Sin dilación, ese mismo día se armó una monumental pira en la llamada Isla de los Judíos, un islote en el cauce del Sena, a donde fueron conducidos los cuatro dirigentes templarios.  Ya entre el intenso humo provocado por la quema de la leña apilada y un mar de llamas, cuentan que Jacques de Molay se dirigió a los hombres que habían perpetrado la caída de los templarios: «Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!… A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año…».

Ya se trate de realidad o mito, la profecía se cumplió y fallecieron tanto Felipe IV como Clemente V, en las fechas que el Gran Maestre vaticinó para la muerte del rey y del propio Papa.

Cuentan las crónicas que en el  resto de Europa la persecución no fue tan violenta y, si bien muchos huyeron hacia tierras del Reino de Aragón, parece ser que sus miembros fueron absueltos en la mayor parte de los casos. Sin embargo, el indigno objetivo del rey francés fue cumplido y las posesiones e innumerables bienes templarios fueron requisados dando fin –supuestamente- a la Orden.

Y es que, amigos de MAD Experiencias, lo que a veces nos parece foráneo o ajeno a lo nuestro, entronca de modo muy directo con nuestra tradición cultural, ya sea en forma de mito, de leyenda o históricamente.

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